EL SITIO DE UNA AUSENCIA: EL AUTOR EN LA NEBLINA*

Rafael Toriz

Publicado el: 21/04/07


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Bien mirada la escritura, como la vida, es una cuestión de desavenencias. Cada afirmación lleva en sí su complemento negativo; amar, crear y vivir no se entenderían sin el egoísmo, la destrucción y la muerte. El autor, caballero imaginario, es el ejemplo puntual para rastrear los vestigios de una herida, el sitio de una ausencia. La figura del autor, como la del amante desaparecido, es una representación y un territorio: es el único lugar, precisamente, donde no estás. Eco de tu nombre en la neblina.


EL SITIO DE UNA AUSENCIA: EL AUTOR EN LA NEBLINA*
Rafael Toriz
A Ernesto Priego, en diálogo permanente

Quizás no hay poeta, aunque haya poema…
Como si se oyera la flauta y no hubiera flautista
Kierkegaard

Bien mirada la escritura, como la vida, es una cuestión de desavenencias. Cada afirmación lleva en sí su complemento negativo; amar, crear y vivir no se entenderían sin el egoísmo, la destrucción y la muerte. El autor, caballero imaginario, es el ejemplo puntual para rastrear los vestigios de una herida, el sitio de una ausencia. La figura del autor, como la del amante desaparecido, es una representación y un territorio: es el único lugar, precisamente, donde no estás. Eco de tu nombre en la neblina.
La intención de este ensayo será revisitar la siempre problemática figura del autor para entrever los dispositivos, las funciones discursivas y las condiciones de producción, reproducción y distribución de ciertos productos culturales –en este caso los que atañen a la literatura– en el contexto globalizatorio que campea en las relaciones suscritas entre autor, obra y receptores.
La figura del autor, concebida después del post-estructuralismo como una oquedad significante, es la piedra de toque para sentar los límites entre propiedad intelectual, copyright, poética, política, y acreditar o desacreditar conceptos como originalidad y plagio.
Analizar la figura del autor permitirá desmontar, reorganizar y asimilar, en el marco de la modernidad líquida (por utilizar la expresión de Zygmunt Bauman), los conceptos de artista, obra y creación como ideologías concretas más allá de las mitologías románticas tejidas en torno a la figura del escritor, su trabajo y su acontecer político.
El objetivo principal será enfocar la figura del autor en medio del océano teórico que lo abruma para, en última instancia, borrar o fijar su rostro entre la disipación que lo circunda.


La tumba sin sosiego
La obra que tenía el deber de aportar la inmortalidad ha
recibido ahora el derecho de matar, de ser la asesina del autor
Foucault


De entre todas las criptas subversivas que ha erigido la modernidad, acaso la que contiene al “cadáver” del autor es una de las que permanece exhumada desde sus inicios. Su lápida sin nombre no deja de reescribirse, de contraponerse. Al respecto habría que precisar la diferencia entre el autor como individuo “real” y la función del autor, puesto que la intención de Foucault no es negar la existencia del sujeto individual sino dilucidar cómo es que operan los procesos de subjetivación en la construcción de los objetos (los textos para el caso). Cuestionar la función del autor más que contravenir su existencia corpórea intenta problematizar la figura autoral como garantía ontológica de verdad, dislocando el poder jurídico y teleológico del discurso que enarbola. El autor, en última instancia, como un lector más de su obra.
Lo referido hasta ahora permite aseverar que el autor ha sido siempre un pretexto, el juicio soberano y restrictivo sobre la interpretación; de ahí que pre-textar sea suponer un humus, rastrear la raíz del texto para anticipar y prefigurar la esencia de lo leído. En ese sentido es que un autor puede ser desechado o, por decirlo con elegancia, puesto a funcionar dentro de una determinada familia discursiva, emparentado su discurso con el de los otros para reactualizarlo y volverlo a escuchar en un contexto distinto. Sostiene Michel Foucault en su lúcido ensayo “¿Qué es una autor?” que existen autores “bastante singulares que no deberían confundirse ni con los <> autores literarios, ni con los autores de textos religiosos canónicos, ni con los fundadores de las ciencias”. Él les llama fundadores de discursividad. Los individuos fundadores, hablantes de una lengua que no les pertenece, tejedores de discursos que manan de una misma fuente común, son aquellos que consiguen poner en escena no sólo su impronta –el rostro de su estilo– sino aquellos que con su trabajo reactualizan un diálogo, permitiendo a distintos seres, en diferentes tiempos, espacios y contextos, intervenir en la construcción, destrucción, reproducción y emisión de los discursos. Cervantes, Freud o Pessoa, por decir algo, son manantiales discursivos que potencian un diálogo a merced de todos los vientos. Se trata de autores múltiples, contingentes; autores que encierran autores.

Conviene traer a colación, para sellar la tumba, las apreciaciones categóricas de Roland Barthes en El placer del texto: “Como institución el autor está muerto: su persona civil, pasional, biográfica, ha desaparecido; desposeída, ya no ejerce sobre su obra la formidable paternidad cuyo relato se encargaban de establecer y renovar tanto la historia literaria como la enseñaza y la opinión”. Para Barthes los textos son entramados de citas provenientes de todos los focos de la cultura, entonces “el escritor se limita a imitar un gesto siempre anterior, nunca original; el único poder que tiene es el de mezclar las escrituras”. Su apreciación es absolutamente verdadera. Todo discurso no es sino parte de un habla anterior y la importancia de lo que “alguien dice” no radica en su originalidad sino en el acontecimiento de su retorno: en todo caso nadie es dueño de sus palabras. Existe la posibilidad de la sanción, del control y otras regulaciones sobre las circunstancias en que acontece el discurso. A nadie pertenecen las ideas pero pueden ser sujetadas, cooptadas e incluso suprimidas. Una vez que al autor sale a escena con él se instaura, así sea en un lejano horizonte, un castigo potencial. Alguien debe responder por lo escrito, por aquello que inquiere y critica. La responsabilidad del texto siempre ha sido atributo del “padre”. En ocasiones, desde luego, también las regalías.
En un acto subversivo Foucault sostiene que la marca del autor se encuentra en la singularidad de su ausencia, en desempeñar el papel del muerto dentro del juego de la escritura. El autor deberá entonces fingir su propia muerte para entrever que la puesta en escena revela la realidad: en cualquier caso, si el autor existe, debería estar muerto.
Esta sentencia aguda y provocadora exige la pregunta sobre el “ser” de la obra literaria, sobre los límites entre lo que es y no es parte de la creación del autor. Esta disyuntiva –más bien fractura– obliga a pensar el perímetro que separa el adentro del afuera, entre el discurso que deberá interpretarse como parte del corpus literario o como una expresión singular fuera de los dominios poéticos, científicos, históricos o tecnológicos. El caso del infame telegrama firmado por Borges, Bioy Casares y Manuel Peyrou (Cfr. 1968: Los archivos de la violencia de Sergio Aguayo) adhiriéndose al gobierno mexicano después de la matanza de estudiantes en Tlatelolco –orquestada por el entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz días antes de iniciar las olimpíadas de 1968– es un rasgo que demanda un análisis minucioso. No puede soslayarse la función simbólica, y eminentemente política, de un gesto como el referido. En este caso no se está discutiendo si en las obras completas de cada uno de los autores habrá de incluirse la nota de lavandería o la lista del supermercado; en este caso se está poniendo en juicio la complicidad en actos criminales y la posibilidad de la obra, expresada oralmente o por escrito, como prueba de cargo y fundamento jurídico para la impartición de justicia y la penalización correspondientes. Esta posibilidad, más que esclarecer, oscurece y complica la situación entre el creador, la obra y la sociedad. Si todo acto de habla nunca es neutral, si todo acto performativo implica una toma política, entonces todo discurso es susceptible de castigo, incluso el de la ficción (ahora es posible sopesar con mesura el por qué de la expulsión de los poetas de la república platónica). Por otra parte, la aparición de textos de evidente filiación política obliga a debatir qué es lo que debemos entender por obra y por autor. ¿Deberá juzgarse, por ejemplo, a Borges el autor de La historia universal de la infamia o al otro Borges, al escritor homenajeado por Augusto Pinochet?; ¿es prudente pensar la figura del autor como una ficción de su obra, como un atributo fantástico de sí mismo?; ¿es posible saber si el autor está diciendo la verdad? y en todo caso, ¿debemos creerle?; ¿la creación de una “obra maestra” exoneraría las implicaciones legales derivadas del acontecer del “autor real”? En todo caso el autor nunca es sólo uno ni el mismo. Los ejemplos de Heidegger y Celine ilustran concretamente mi argumento.
Estas preguntas, más que ociosas, son imperativos a resolver en la medida en que cuestionan figuras entronizadas por la historiografía y la costumbre, la pereza y el pensamiento acrítico. En ocasiones los grandes autores son también grandes bellacos que olvidan o ignoran que una libertad infinita demanda igualmente una responsabilidad infinita. De cualquier modo, creo que las impertinencias políticas (e incluso los crímenes abyectos) de los creadores no merman en lo absoluto los valores de las obras, como tampoco creo que la producción de una obra de excelencia denote las posibles características morales del autor. Al respecto Blanchot en El espacio literario; “los escritores más puros no se hallan enteramente en sus obras, también han existido, incluso vivido: hay que resignarse”.
A estas alturas es evidente que las humanidades no humanizan, o en su defecto, humanizan demasiado.

Entronizar la figura del autor ha sido una de las prácticas recurrentes para una crítica literaria burguesa, practicando formas cerradas de hacer literatura y sobre todo de enseñarla. La figura del autor, en mi opinión, debería estar más cercana -aunque no solamente– a la del reformador de la técnica, siendo consciente de su lugar como productor e incluso como producto.
En abril de 1934 Walter Benjamin leería en el Instituto para el Estudio del Fascismo la célebre conferencia sobre El autor como productor (germen de su libro fundamental La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica), conferencia en la que sostendría con vigente acierto, entre otros, dos puntos esenciales:

a) Un autor que no enseña nada a los escritores, no enseña nada a nadie. El sentido de la frase es muy claro. Una obra que no cuestiona, que no problematiza sus fundamentos literarios y aun su propia ontología, no es una obra revolucionaria y en ese sentido puede tratarse de una obra homologada, univocista e incluso reactiva. Es célebre el aforismo de Barthes acerca de que la burguesía lo tolera todo menos la alteración de la sintaxis.
b) Este estado de cosas, en opinión de Benjamin, “le presentan al escritor sólo una exigencia: la de reflexionar, preguntarse por su posición en el proceso de producción”. Toda creación, para asumirse como tal, deberá desmontarse de continuo; ser una obra abierta, en permanente proceso (de)construcción. Una obra revolucionaria, más que cumplir con una deontología política o una orientación ideológica, deberá, además de contraponer, denostar y embellecer las experiencias, analizar el ambiente de su aparición, sopesar su pertinencia simbólica pero sobre todo deberá pensar-se.

Entre lo propio y lo ajeno
Todo poeta que hurta, hurta ciertamente de otro poeta,
con lo cual todos somos igualmente viles
Kierkegaard

En un libro de excéntrica erudición y alucinante escritura, el sociólogo Robert K. Merton, a través de una aventura lírica, lúdica e intelectual, explora los límites entre creatividad, plagio, tradición y progreso. On the Shoulders of Giants es una tentativa –a la manera de Sterne en el Tristam Shandy– por cartografiar la creatividad, la originalidad y el contexto social de los descubrimientos humanos. A través del famoso aforismo atribuido a Newton, (“If I have seen farther, it is by standing on the shoulders of giants.”) Merton desmenuza, entre otras cosas, la posibilidad e incluso la pertinencia de la apropiación del discurso.
El interés de la sociología de la ciencia en las formas de producción de conocimiento, y la manera en que el saber es acumulado y transmitido, es un tema pendiente que permitirá analizar la relevancia y los intereses políticos inmersos en toda práctica académica. Es innegable que en toda investigación y en todo acto creativo se expresa la subjetividad de los autores, incluso en aquellos campos abocados a la producción de conocimiento duro. Así, si las academias norteamericana e inglesa cuentan con un excedente de médicos premiados en Estocolmo es debido, entre otras causas, a la fuerza del capital económico. En un contexto donde la globalización efectiva y democrática es la pobreza extrema e incluso la miseria dirigida, a los países con economías dependientes les resulta casi imposible competir en igualdad de circunstancias, creando relaciones de co-dependencia financiera que colocan a las economías emergentes, y a su capital humano, en la desprotegida periferia.
Para ilustrar la cuestión podría analizarse el caso de las fotocopias como fundamento bibliográfico. La gran mayoría de las escuelas públicas de filosofía, letras y artes en Latinoamérica no podrían sostenerse fuera de la época dominada –perteneciente ahora al pasado mítico– por la industria Xerox. Pagar el porcentaje de los derechos de autor por la reproducción mecánica o electrónica de textos o partituras, en todo México, es inviable e incluso imposible. En mi país la industria del fotocopiado es considerada como una de las bellas artes. En todo caso si la fotocopia mata el libro alimenta al estudiante.
Antes de pormenorizar en las cuestiones derivadas de la información y distribución a través de la red, me parece oportuno, en la medida en que al autor es el debate, esbozar algunas consideraciones sobre los límites entre plagio e intertextualidad, pertenencia y socialización.
Alvin Kernan, en su delicioso libro La muerte de la literatura, examina los problemas centrales de la producción literaria. Revisa con cautela, pero de manera sistemática, los derechos morales del artista, la ideología como estética, el crítico como revolucionario y las sutiles diferencias entre plagio y poética: los escabrosos límites de la propiedad literaria.
Dicho tema, laberíntico y fangoso, es el correlato obligatorio para firmar la esquela de un moribundo. Si el autor, en última instancia, es una costurera habilidosa, un mezclador de heterocronías y heterotopías superpuestas más parecido a un dj que a un mago creacionista, ¿dónde entonces queda su obra?, ¿es dueño de algo, el estilo es su nombre?, ¿cuáles son sus derechos, cuál el fruto de su trabajo? A estas alturas es imposible seguir soslayando el peso y la relevancia del copyright, menos ahora, en las plásticas y escurridizas temporalidades electrónicas. Toda obra creada desde el ahora será un remix o no sera. Al respecto T.S. Eliot en Tradition and the Individual talent: “The dead writers are remote from us because we know so much more than they did. Precisely, and they are that which we know”. En ese sentido, y en el de la parodia, es que inscribe el ejercicio creativo de Jorge Maronna y Luis María Pescetti titulado Copyright: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, frente al pelotón de fusilamiento el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde en que, al despertar de un sueño agitado, Gregorio Samsa se encontró en su cama transformado en un terrible insecto”.
Kernan, a través de una brevísima genealogía del término, señala que los derechos de reproducción sólo podrían haberse gestado en la sociedad de la imprenta, en la galaxia Gutemberg. Los derechos de autor como estatuto legal para instaurar –y con ello desarrollar la lógica del capitalismo tardío al interior de la creación– la propiedad intelectual. El derecho posesión de las ideas y la posibilidad de patentar los delirios de la fiebre y los arrebatos de la fantasía mucho asemejan una cacería de fantasmas.
La antigua valoración de la “originalidad” unida a la mitología romántica, al pensamiento reproduccionista y a la figura del autor como pequeño reyezuelo, contribuyeron a forjar la estatua hueca y enorme que circunda a los creadores. La propiedad intelectual, en medio del estado de disipación en que se encuentra, debería, si no abolida, ser redimensionada en un contexto democrático e incluyente con una orientación crítica y responsable.
No otra cosa pretenden –o pretendieron– movimientos como el software libre (Linus Torvald con “Linux”), “Creative Commons” del estadounidense Lawrence Lessing o la Wikipedia, fundada por Jimbo Wales y Larry Sanger.
Tales ideas han operado como tentativas moderadas por reposicionar la distribución del conocimiento en un contexto democrático. La amplia aceptación social de los proyectos libertarios (los gobiernos de India y Brasil utilizan el código abierto de Linux, la Wikipedia ensancha su acervo diariamente y expande su publicación en distintas lenguas de manera interactiva) son tabuladores que sugieren posibles directrices para reconfigurar la propiedad privada, que a estas alturas es indisociable del espectro público.
En todo caso la flexibilidad de estas iniciativas, más que avalar un copyright sugieren en su configuración un copyleft, incluso algunos, los más radicales, un copyfight: comunidades de resistencia que, conscientes de la complicada circunstancia electrónica y ante el inmenso, incluso destructivo flujo de la información, encaminan los esfuerzos creativos hacia una producción colectiva a través de una democratización tecnológica. En ese contexto es necesario recordar dos textos esenciales. Por una parte “La declaración de independencia del ciberespacio” de John Perry Barlow, un panfleto izquierdista para ubicar y discutir la economía política de las ideas al respecto de los límites y alcances de la red, y por otra el controvertido Scan this Book! de Kevin Kelly, quien avala la propuesta de Google Book Search por digitalizar todos los libros en pos de contener en un mismo espacio la biblioteca universal a través de un libro único e hipertextual. La biblioteca entonces como entidad virtual e infinita y el escritor como promotor cultural y actor de su oficio.
La tentativa de Kelly, si bien posee en su raíz un afán fidedigno de democratización cultural, opera bajo la lógica salvaje del capitalismo tardío, atendiendo las dinámicas de las industrias culturales y ubicando los derechos intelectuales en el campo del libre mercado y la competencia desigual. Kelly ha planteado una paradoja categórica, ya que si bien la biblioteca universal permitiría combinatorias y remixes inagotables amalgamando las voces en aras, probablemente, de una mayor riqueza creativa, su idea obligaría al autor a venderse como un añadido de su obra. De nuevo entonces el nefasto y contraproducente culto a la personalidad.
Queda claro entonces que la función del autor, y del escritor en lo particular, deberá entrever, entre otros derroteros, al progreso técnico como base de su progreso político. En ese sentido las posibilidades del weblog como género literario están siendo ahora plenamente dinamitadas; una bitácora virtual que juega el papel de “diario íntimo” y a la vez (en ocasiones) como probado documento literario. La autopromoción y la producción literaria, fílmica y musical hecha en casa son ahora, y desde hace tiempo, realidades concretas. El autor como forjador de su propia industria; el autor, por fin, como productor.
Impertinente sería aventurar conjeturas definitivas al respecto de estos temas. Los flujos informativos obedecen a velocidades y contextos cambiantes que dibujan y desdibujan el estado de la cuestión de manera imprevisible y permanente. Por tal razón concluyo este ensayo, por el momento, no con certezas sino con levedades, sugerencias y estrechas esperanzas.
Que sea Quintus Aurelius Symmachus, por ahora, quien resuma de alguna forma estas angustias: “Oratio publicata, res libera est”.


*Texto leído en el Ier Congreso Internacional de Literatura: Arte y Cultura en la Globalización, en el Centro Cultural de la Cooperación de Buenos Aires, Argentina. Octubre 2006.





Referencias
Barthes, Roland; El placer del texto, trad. Nicolás Rosa, Siglo XXI, México, 2000.
-------------------; El susurro del lenguaje, trad. Fernández Medrano, Paidós, Barcelona, 1987.
Benjamin, Walter; El autor como productor, trad. Bolívar Echeverría, Itaca, México, 2004.
Blanchot, Maurice; El espacio literario, trad. Cristina de Peretti, Paidós, Barcelona, 1992
Foucault, Michel; Entre filosofía y literatura, trad. Miguel Morey, Paidós, Barcelona, 1999.
Kernan, Alvin; La muerte de la literatura, trad. Julieta Bombona, Monte Ávila, Caracas, 1996.
Kierkegaard, Sǿren; Migajas filosóficas o un poco de filosofía, trad. Rafael Larrañeta, Trotta, Madrid, 2004.
Maronna, Jorge y Pescetti, Luis; Copyright, Plaza y Janés, Bs.As., 2001.
Merton, Robert K.; On the Shoulders of Giants, The Uuniversity of Chicago Press, Chicago, 1993.
Toriz, Rafael; “En defensa de Avellaneda”, en Biblioteca de México # 88, julio-agosto 2005, México, pp. 59-64.



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