El legado de Salvador Allende

Héctor Valle
hectorvalle@adinet.com.uy Publicado el: 24/12/06

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La tragedia de Allende, que es tanto la del propio Chile como la del resto de nuestra región, al ingresar en la hora más oscura del siglo XX, trae consigo la simiente de una esperanza que permanece y es aun posible divisar en el horizonte cercano de una persona, de un ser responsable que busca ser solidario en el día a día, junto al diferente.

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El legado de Salvador Allende

Por: Héctor Valle
hectorvalle@adinet.com.uy


Una Promesa de Honor

El joven Salvador Allende, ya líder del movimiento estudiantil chileno, a la muerte de su padre, y ante su tumba, lanza una promesa de honor, trascendente como pocas lo serán, en lo privado como en lo público, a lo largo de su intensa vida.

En esta promesa, proferida en circunstancias existenciales tan removedoras, Allende se consagra a la lucha social, en un acto que antes que ideológico, responde, al estar de lo expresado por el chileno Tomás Moulian , a la fuerza de los afectos, que tiene asiento a su vez, en el mensaje ético que fue la vida de su propio padre.

La tragedia de Allende, que es tanto la del propio Chile como la del resto de nuestra región, al ingresar en la hora más oscura del siglo XX, trae consigo la simiente de una esperanza que permanece y es aun posible divisar en el horizonte cercano de una persona, de un ser responsable que busca ser solidario en el día a día, junto al diferente.

Excede y hasta conspira con la intención que anima estas palabras, el pretender desarrollar aquí y ahora, una visión crítica de la llamada “vía chilena al socialismo”.

Antes bien, pretendo dar testimonio de un legado moral y político plenamente vigente y cargado de posibilidades de darse lugar en nuestros pueblos.

Asesinatos, conspiraciones y traiciones

Las sucesivas conspiraciones norteamericanas y criollas, los asesinatos de los generales Schneider, Prats, un año después que Allende, y la del edecán naval de éste, el comandante Arturo Araya, bien como los actos de sedición perpetrados por grupos fascistas chilenos, la permanente y consabida intervención de empresas norteamericanas que buscaron junto a su gobierno, hasta que lo consiguieron, derrocar al Presidente Allende y así sembrar el terror en la hermana nación trasandina, todo esto, siendo brutal, despiadado y casi enajenante, no ha logrado acallar el grito que viene de lejos y aun es dable escuchar:

¡Jamás dejaremos de luchar porque la libertad plena y la autodeterminación de nuestros pueblos, expresada por ejemplo en el libre desarrollo de nuestras potencialidades económicas, comerciales y culturales, se de lugar y posibilidades reales!

Este imperialismo de luz azul; sin costo y que logra atraer a todos los mosquitos, esos funcionarios serviles que, las más de las veces, encaramados en niveles de alta decisión de las economías de sus países, se postran ante el coloso y rinden pleitesía. Tras lo cual, llevan a sus respectivos pueblos el mensaje de libertad y desarrollo para aquellas empresas que antes como hoy, buscan el mero rédito para sus propias arcas, con la consiguiente dádiva para estos mensajeros de lo oscuro.

Algún personaje de tercer orden, incluso, del gobierno del Presidente Allende, ha salido en misión a otros países de la región, mostrando su pasado pero dejando en segundo plano su presente de funcionario de otra de aquellas trasnacionales.

Misión que consiste, cuándo no, en pregonar la bondad de lo imposible: esos acuerdos entreguistas, en los cuales todo damos y nada recibimos. Pero ni con la plena colaboración de las familias criollas que detentan el control mayor de los medios de comunicación, van logrando plasmar tales deseos.

Menos ahora que las corporaciones del coloso bregarán por la salvaguardia de los derechos de sus trabajadores y consiguientemente la suerte de estos acuerdos ya merece serios reparos de concreción o, como en dos casos, de ratificación.

Hablamos del Presidente Salvador Allende y nombramos así el deber ser llevado a la praxis. Y eso trasciende toda mezquindad, toda rapacidad, incluso la oprobiosa mezquindad y la burda rapacidad de las que fueron víctimas, por ejemplo, tantos hermanos chilenos y hermanas chilenas.

Pero hubo traiciones, como hubo asimismo, cabe decirlo, siquiera, excesos de ilusión, despegues de una realidad que muchas veces se pretendió desconocer.

La traición de los grises. Ese despliegue de clase y de casta que, en lugar de apoyar a un gobierno electo por la fuerza de las urnas, en plena democracia, medró y lucho entre bambalinas para desprestigiarlo y encorsetarlo, lográndolo.

También surtió efecto la mera ilusión, el no apego a realidades que, a la vista de las acciones sediciosas que estaban llevándose a cabo para mostrar al grueso de la población los supuestos males que les sobrevendrían, no pudieron prever por pretender, como se decía “avanzar sin transar”.

Claro está, se me dirá, y con razón, que es fácil hablar ahora y a la distancia. Pero en mi descargo, déjenme siquiera manifestarlo, pues esto también existió.


Arlequines y polichinelas

Así los llamó el poeta Pablo Neruda tres días después de la caída de Allende.

Se refería, por ejemplo, a los traidores de la oligarquía local junto a los advenedizos que pudiendo hacerlo no ofrecieron su concurso a un tránsito armónico que, en todo momento Salvador Allende se juramentó a realizarlo dentro de la legalidad, con la plena vigencia de los derechos constitucionales y en el marco de una auténtica democracia representativa.

Fue mayor la apetencia de poder, o de regreso al poder y quizá también el odio a que los descastados, los pobrecitos tuvieran un lugar al lado de ellos, lo que les llevó a traicionar ideales, juramentos e incluso supuestas lealtades.

Personas de un mismo apellido, incluso, en dos generaciones, traicionaron, consecuentemente, a las instituciones democráticas, en el primer caso, y a la Justicia de su país, en el segundo, en aras de cuidar intereses superiores que, seguramente, no condicen con los supremos de la Nación de Chile ni del grueso de sus gentes.


La vía chilena al socialismo

En todo caso, la vía chilena al socialismo fue y sigue siendo un proyecto posible y creíble al que, consideramos, debe adecuársele dentro de un marco histórico donde condigan tanto los tiempos sociales cuanto los cronológicos, pero que en sí misma es viable, probadamente viable.

A vía de ejemplo, veamos parte de lo que dijo el Presidente Allende en su primer mensaje al Congreso Pleno, el 21 de mayo de 1971: “Caminamos hacia el socialismo no por amor académico a un cuerpo doctrinario. Nos impulsa la energía de nuestro pueblo que sabe el imperativo ineludible de vencer el atraso y siente al régimen socialista como el único que se ofrece a las naciones modernas para reconstruirse en libertad, autonomía y dignidad. Vamos al socialismo por el rechazo voluntario, a través del voto popular, del sistema capitalista y dependiente cuyo saldo es una sociedad crudamente desigualitaria, estratificada en clases antagónicas, deformada por la injusticia social y degradada por el deterioro de las bases mismas de la solidaridad humana.”

Apela antes que a cualquier dogmatismo, a la racionalidad y a la entrega a la causa nacional en la defensa y promoción de los derechos de todos los chilenos.

Un poco más adelante en el mismo mensaje, Salvador Allende hace un triple y crucial llamado:

1 – Movilizar al pueblo;
2 – Orientar el país hacia la atención de sus necesidades más inmediatas y
3 – y en sus propias palabras: “Dar tarea a la juventud”, dentro de la siguiente expresión: “Y, sobre todo, dar tarea a la juventud, abriéndole amplias perspectivas de una existencia fecunda como edificadora de la sociedad en que le tocará vivir.” , agrega el Primer Mandatario trasandino.

Respetó siempre tanto el principio de la legalidad, cuanto el desarrollo institucional. Así se expresó en el mismo discurso, y así transcurrió durante todo el período en que ejerció el mando, fiel a su respeto irrestricto a la Constitución, a las leyes y a las normas rectoras de la convivencia democrática.

Por ello, conviene reiterar otros pasajes de su intervención primera ante el Congreso Chileno. Dijo Allende: “No es el principio de legalidad lo que denuncian los movimientos populares. Protestamos contra una ordenación legal cuyos postulados reflejan un régimen social opresor. (...l) Nuestro sistema legal debe ser modificado. De ahí la gran responsabilidad de las Cámaras en la hora presente: contribuir a que no se bloquee la transformación de nuestro sistema jurídico. (...) El nuevo orden institucional responderá al postulado que legitima y orienta nuestra acción: transferir a los trabajadores y al pueblo en su conjunto el poder político y el poder económico. Para hacerlo posible es prioritario la propiedad social de los medios de producción fundamentales. (...) Es conforme con esta realidad que nuestro Programa de Gobierno se ha comprometido a realizar su obra revolucionaria respetando el Estado de Derecho. No es un simple compromiso formal, sino el reconocimiento explícito de que el principio de legalidad y el orden institucional son consubstanciales a un régimen socialista, a pesar de las dificultades que encierran para el período de transición.”

Añadiendo algo fundamental: “Mantenerlos transformando su sentido de clase, durante este difícil período es una tarea ambiciosa de importancia decisiva para el nuevo régimen social.”

Todo esto para recordar aspectos sustantivos de los muchos que constaban en el programa y en la voluntad firme de Allende y su gobierno por lograr cambios removedores en la sociedad chilena.

Queda mucho por decir: la nacionalización del cobre, la explotación de los recursos nacionales a manos de unos pocos (algo que poco ha cambiado).


El papel del totalitarismo mediático

En torno a Chile, los medios masivos de comunicación han fijado, hoy por hoy, un estereotipo que la gente por más que se la informe con datos precisos de fuentes intachables, ni cree ni se molesta en ahondar y/ o verificar sobre tales contradicciones que rechinan por lo brutales.

El adormecimiento de las conciencias no es producto de un proceso reflexivo sino, justamente, por la mansa, invariada y permanente aceptación tácita, que lleva ya varios lustros, que lo que el totalitarismo mediático quiere que tomemos por cierto e inobjetable, lo sea, divulgadores mediante, dándonos supuestas pruebas sobre las que tan bien contra argumentara el sociólogo francés Pierre Bourdieu, por ejemplo, o más específicamente uno de sus mejores discípulos, Patrick Champagne (en su célebre obra “Hacer la Opinión – el nuevo juego político”), que no resisten aquellas un análisis profundo, serio y mantenido en el tiempo. Porque hoy prima la noticia que se da y luego nadie constata, tomándola, lo digo una vez más, como una verdad revelada por el dogma imperante.

Así, van vaciando de sentido a la democracia, llevando a nuestros pueblos a instancias donde las libertades específicas y esenciales comienzan a ser puestas en serio entredicho.

No deja, entonces, de ser evidente, que la lucha de clases permanece y que la clase dominante continúa por una u otra vía, detentando el poder, o sea, ejerciéndolo malamente, sinuosamente, oscuramente. Y así busca determinar el éxito de unos pocos funcionarios y grupos de interés locales, contra la miseria y exclusión de vastas poblaciones de nuestros pueblos.

Asimismo, creo colegir de estos y otros estudios de nuestro pasado reciente, que hay errores u omisiones que nunca debiéramos cometer o, volver a cometer, como ser:

1 – Perder la conciencia de los procesos históricos, de los tiempos sociales y de los efímeros tiempos cronológicos que, las más de las veces, por ser “nuestro” momento de vida, entendemos cruciales y definitorios, olvidando los procesos y tiempos citados y ahí, desacomodándonos, trágicamente, a la historia;

2 – Perder la conciencia de la realidad cotidiana del pueblo; conciencia que los grupos conspirativos, locales como extranjeros tienen perfectamente en cuenta y buscan utilizar, como lo hicieron en el Chile de Allende, como en tantas otras naciones de la región, por ejemplo, en beneficio de su acción psicológica sobre el grueso de la población;

3 – Creer que la astucia y un plan por etapas, donde tanto se busca sumar aliados, cuanto lo reevaluamos periódica y críticamente, solía ser visto como una traición a los ideales y a la “lógica de la historia”.

Repito: fácil es hoy no digo que criticar, pues no lo hago pero sí vislumbrar posibles falencias o desajustes cuando en su hora había que estar batallando en medio de tantas obligaciones y preñados de tantas traiciones e inmundicias.

Así y todo, Salvador Allende y su Unión Popular, mostraron que el camino es tan cierto como posible y, además dieron, ofrendaron mejor dicho, sus vidas que son ejemplos, para la posteridad y mejor historia de nuestros pueblos.


La muerte y la restauración de Salvador Allende

Las últimas horas de este hombre fueron una ofrenda a su nación, a la humanidad y un mentís a las burdas calumnias de los verdaderos traidores de la patria trasandina.

Salvador Allende luchó hasta el final; no se suicidó sino que lo mataron en lucha abierta, al llegar una patrulla de amotinados hasta la propia Presidencia. Y allí no contentos con verle caer, como nos narra Gabriel García Márquez, todos los presentes dispararon sobre el cadáver y el más vil de ellos, le dio culatazos en su rostro, desfigurándoselo a tal punto que su viuda, único ser presente en un entierro llevado a cabo en secreto, no se le permitió ver su cara.

¡Ah, querido Hermano Salvador Allende, mi querido Hermano Americano, mientras se te desprendía la carne de los huesos, sea por las balas que laceraban tu carne como tus huesos, sea por los cobardes golpes con la culata de un arma a manos de un innoble oficial del ejército de O´Higgins, el proceso de restauración tuvo lugar:

Tú, Hermano Salvador Allende, dejaste la mortal vestidura para ser el referente vivo que hoy todos tenemos en alta estima y como ejemplo perfecto de lo que un hombre libre y de buenas costumbres debe ser para sí como para los suyos, tomando por tales a todos los hombres y todas las mujeres de a pie, esos que son los eternos olvidados al festín de los pequeños.

Por tanto para ti, los tuyos fueron, por extensión, la humanidad toda, querido Hermano Americano.

Mira: Hoy, y a 33 años de tu tránsito a la posteridad, mi Hermano, se me ha hecho que mañana muy temprano por la mañana, saldré a mi vereda y me allegarme hasta la esquina, para así ubicarme de cara al mar, como llamamos los uruguayos a este río y, que en mi caso está al este.

A poco que la oscuridad ceda su paso a la luz, comenzará a salir por sobre el mar el astro rey y con él, sé que habré de verte, mi Hermano, sonriente incluso al presagiar nuevos y mejores tiempos.

Y este acto, aunque desiderativo, no dejará de reiterarse, rítmicamente, mientras la obra humana, que fue la tuya, que es hoy la nuestra, obreros todos de una obra que nos convoca permanentemente a estar presentes y que propende, en suma, a la construcción de un porvenir pleno en dignidad y equidad.

Por ello, cuando vemos caer a tus enemigos más acérrimos, sólo atinamos a volver la mirada a tu proceder, al de los tuyos que es tu sufrido pueblo, en la busca permanente de un amanecer pleno para todos nosotros, los americanos del Sur.

Mientras estos pobres seres mueren tú, en cambio, has traspasado las puertas de la eternidad, y eres, como dije, como decimos todos, referente vivo de que la ética es posible, de que el camino es transitable y que la meta que tú comenzaras a construir, nosotros todos habremos de seguirla desarrollando.

Y si acaso nos toca morir y no lo logramos, Hermano, otros seguirán nuestra misma obra, la tuya, la de todos, hasta alcanzar la construcción perfecta de lo humano en el hombre, en responsabilidad, en solidaridad y en libertad.

Hasta siempre, pues, Hermano Americano, Hermano Salvador Allende.




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