Palabras para ser leídas en la reunión del 4 de Octubre de 2006

Juan Carlos Marín
jcmarin@mail.retina.ar
Publicado el: 20/10/06


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Carta del sociólogo argentino Juan Carlos Marín leída por el Director de la Carrera de Sociología, Doctor Lucas Rubinich, en oportunidad de la apertura de las "Jornadas de Reflexión de la Carrera de Sociología", el día 4 de octubre, en la Facultad de Ciencias sociales de la Universidad de Buenos Aires.


Amigos, quiero expresarles mi agradecimiento por haberme invitado a compartir privilegiadamente mis reflexiones y una memoria actualizada de nuestra carrera. Quiero también disculparme por no poder, en este momento, hacerlo personalmente.

Reconozco e interpreto, en la decisión de ustedes, un mensaje: hacer presente la reflexión de lo que fue parte del inicio y del resultado de un proceso político intelectual que comenzó a finales de la década del cincuenta y que aún está en marcha.

Espero no defraudarlos.

Desde sus inicios y a lo largo de estos muchos años, la historia de la Carrera de Sociología ha estado estrechamente vinculada a un conjunto de luchas políticas originadas en la disconformidad moral con lo que de injusto e inhumano expresaba y aún mantiene el orden social. Muchos de nuestros compañeros de armas intelectuales se comprometieron con los modos más intensos de la lucha política. Esas luchas fueron ejercidas desde una pluralidad de orientaciones políticas e intelectuales.

Quisiera hoy, antes que nada, recordarlos y hacerlos presentes (hasta donde es capaz mi memoria) a todos aquellos que compartieron en el pasado la Carrera de Sociología y que cayeron como resultado del uso consecuente de sus convicciones.

El primero de los compañeros caídos fue Marcos Slachter, muerto en 1963. Le siguen Silvio Frondizi, quien había sido profesor de la Carrera y Roberto Cristina, caídos a mediados de la década del '70. Durante la última y más sangrienta dictadura militar cayeron Carlos Abadi, Ana Baravalle, Ariel Ferrari y Claudia Yankilevich, alumnos de la Carrera; Roberto Carri y Daniel Hopen, profesores; y los sociólogos Patricio Biedma Scadewaldt, María Antonia Berger, Cristina Fernández de Colomer, Dora Franzosi, Elda Gálvez de Bivi, Mónica Goldstein, Oscar Gutiérrez, Katsuya Higa, Alberto Jamilis, Graciela Jatib, María Magnet de Tamburini, Rafael Olivera, Rosa Pargas de Camps, Osvaldo Plaul, Nora Rodríguez Jurado de Olivera, Luis Sosa y Ricardo Tajes…

Muchos otros –no todos- en nuestra comunidad universitaria han mantenido y retomado la pluralidad de su combatividad.

La combatividad de aquellos para quienes conocer con rigor el carácter injusto e inhumano de los órdenes sociales ha sido y seguirá siendo la fuente y el pertrechamiento inagotable de sus convicciones morales e intelectuales libertarias y de su determinación por enfrentar a estos órdenes objetivamente inhumanos.

Es conveniente recordar y hacer presente que conocer para aprender y enseñar a desobedecer la normatividad autoritaria y arbitraria, fue una de las razones fundacionales esenciales con que comenzaron a construirse estos espacios; y también fue, siempre, el origen del desenvolvimiento de un conjunto de contradicciones inmanentes en nuestra vida académica. Ha sido, la nuestra, una historia contradictoria, permanentemente convulsionada entre dos concepciones del mundo que, en principio y en apariencia, comparten la necesidad y la empresa de construir y difundir el conocimiento de nuestra realidad social. Contradicciones entre quienes piensan y actúan buscando encontrar en el conocimiento las formas posibles de una gobernabilidad de las condiciones de injusticia y desigualdad social; y entre quienes no estamos dispuestos a hacer de la gobernabilidad el instrumento del disciplinamiento social y el encubrimiento de la desigualdad social.

Aclaremos, esta universidad que han degradado, no nos sirve.

Escudados y encubiertos en la farsa de la supuesta autonomía de la universidad la penetraron y degradaron las dos alternativas políticas que en la vida nacional establecieron el dominio y la hegemonía de la democracia burguesa. Para lograrlo crearon en el país y en la comunidad universitaria, lenta e imperceptiblemente, una burocracia de la gobernabilidad, mediante la verticalidad de un sistema clandestino de cooptación política de profesionales e intelectuales. Fue una cooptación clientelística que mediante una socialización ideológica crearon el personal adecuado de dicha burocracia. Con la apariencia y justificación de administradores democráticos de las condiciones de pobreza... legalizaron la ilegitimidad del estilo sórdido de todo orden burocrático. Que como decía Marx, “…es un espíritu totalmente jesuítico, teológico. Los burócratas son los jesuitas de Estado... La autoridad es, en consecuencia el principio de su sabiduría y la idolatría de la autoridad constituye su sentimiento. Pero en el propio seno de la burocracia el espiritualismo se hace un materialismo sórdido, se transforma en el materialismo de la obediencia pasiva, de la fe en la autoridad, del mecanismo de una actividad formal fija, de principio e ideas y tradiciones fijas. En cuanto al burócrata tomado individualmente la finalidad del Estado se hace su finalidad privada: es la lucha por los puestos más elevados; “hay que abrirse camino.”
Gracias a la iniciativa y determinación moral de la acción directa de un grupo de estudiantes, que impidieron la realización de la asamblea ilegítima, se ha hecho público en la sociedad el grado de descomposición de esta universidad. Los estudiantes han mostrado –una vez más- que es posible abandonar y superar el fetichismo de la legalidad para intentar avanzar en la construcción de una alternativa que destierre la monopolización y corrupción en las decisiones de la comunidad universitaria. Es posible y necesario enfrentar el uso represivo de los reglamentos cuando nos impidan avanzar con la fuerza de la razón. Es a partir de esta convicción que nos será posible la necesaria reflexión original y creadora acerca de la carrera.

Expresamos, sin que necesariamente lo tengamos presente, aún en nuestro encierro académico, contradicciones políticas existentes en el seno de nuestro pueblo; las contradicciones entre quienes luchan para lograr una autonomía nacional del capitalismo argentino con relación a los imperialismos de turno y quienes luchamos para transformar y abandonar el carácter capitalista del orden social. Es posible que enfrentemos y compartamos, fuera y dentro de la vida universitaria, los mismos enemigos que obstaculizan nuestras metas, pues así lo ha sido durante un largo trecho y posiblemente lo seguirá siendo. Pero la búsqueda del modo de avanzar en nuestras luchas y convicciones muchas veces nos distancian; nuestra concepción y necesidades con relación al conocimiento y al orden social no son los mismos. Pero tenemos la certidumbre que tenemos una empresa que podemos compartir y que en lo inmediato es necesaria para todos, fortalecer la Carrera de Sociología reestructurándola.

Para ello es conveniente tomar conciencia de la necesidad de restituirle el contexto científico académico correspondiente; es decir, reinsertarla en el campo amplio de las Ciencias Sociales. Es imprescindible comenzar por romper el aislamiento político, intelectual y académico en que la enseñanza de la sociología fue reinstalada desde la última dictadura militar. Reinstalarse en el ámbito donde hasta entonces se había compartido, con los miembros de las carreras de historia, psicología, antropología y filosofía, interactuando y construyendo en una comunidad académica que hacía presente gran parte de la diversidad de dimensiones de la realidad social. Hacer presente y compartir la reflexión con aquellas disciplinas y con el resto de las ciencias sociales, es una tarea pendiente en la construcción estratégica de una verdadera Facultad de Ciencias Sociales. Pero también, la construcción de conocimiento supone vencer la actual pobreza intelectual y pertrecharse en la acumulación del conocimiento creado durante el siglo XX y en las condiciones científicas de este nuevo siglo.

Gran parte de la historia y de los modos del conocimiento en las ciencias sociales ha sido producto resultante de una historia militante de la disconformidad social y del ejercicio conciente de la desobediencia social. La continuidad de esta perspectiva –y su acumulación correspondiente- nos exige la producción de un conocimiento capaz de registrar y comprender el complejo y contradictorio desenvolvimiento evolutivo de la realidad social; solo posible de lograrlo a partir de una determinación que investigue y capte el proceso objetivo permanente del cambio social, abandonando el territorio del uso clasificatorio especulativo del conocimiento preexistente.

Ese fue el sentido de las palabras de un investigador de las ciencias sociales, cuando nos advertía, "Cierto es que el arma de la crítica no puede suplir a la crítica de las armas, que el poder material tiene que ser derrocado por el poder material, pero también la teoría se convierte en un poder material cuando prende en las masas. Y la teoría puede prender en las masas a condición de que argumente y demuestre ad hominem, para lo cual tiene que hacerse una crítica radical. Ser radical es atacar el problema por la raíz. Y la raíz, para el hombre, es el hombre mismo".

La construcción de conocimiento radical en el marco de la recuperación de la enseñanza de la Sociología supone vencer el desarme intelectual que han pretendido y muchas veces logrado, las dictaduras de turno, militares o civiles de las clases dominantes. Puede entonces plantearse como necesidad central para fortalecer la Carrera, la inversión humana y material en el campo de la investigación. Fortalecer las condiciones para que el conocimiento de lo social contribuya a una vección consciente del orden de lo político implica proteger la existencia y formación curricular permanente de investigadores. Dar por descontado un conocimiento del modo en que se constituye el ámbito de lo social ha sido fuente no sólo de errores en la reflexión sino de catástrofes en la realidad. Es importante advertir que el sistema político social, actualmente imperante, seguirá obstaculizando este proceso. Hay quienes –en estos días- se sorprenden porque “estas cosas” sucedan porque “estamos en democracia”; instalando y manteniendo un proceso de normalización que ha encubierto la sobre vivencia y la impunidad genocida del orden social.

Son estos, aún, tiempos difíciles para el trabajo de los investigadores. Es cierto que en el pasado más inmediato, el trabajo de los investigadores ha sido siempre material y socialmente difícil; y muchas veces, ha sido más que eso, ha sido adverso y peligroso. Pero, hoy día, es importante señalar que adicionalmente una nueva forma de coacción está instalada entre nosotros. No es ya el ejercicio de una dictadura militar que actúa de manera directa; se trata de una coacción social e institucional mucho más compleja e íntimamente más agresiva.
La normatividad actual para acceder a las condiciones institucionales y materiales que permitan el ejercicio de la docencia y de la investigación, es producto del efecto de una heteronomía fundada en una coacción disciplinaria creada e instalada desde la perspectiva del dominio hegemónico de los organismos crediticios financieros de nivel mundial. Se ha instalado una institucionalización creciente de una cultura del pensamiento único, mediante el ejercicio de una sistemática vigilancia y control a través de la exigencia –reiterativa hasta el absurdo- de informar y llenar formatos de dudosa universalidad científica, a efectos de demostrarse dócil y disciplinado ante el dominio despótico de esa heteronomía coactiva.

No se trata de defender ciegamente el egocentrismo del investigador, lo cual produciría la alternativa de una situación anómica en el proceso general; pero tampoco de permitir y contribuir pasivamente al dominio de una heteronomía característica de la coacción, cuyo efecto es la pérdida de la autonomía de los investigadores en la capacidad creativa en que se construyen los nuevos observables que desencadenan y posibilitan el avance teórico y metodológicamente cualitativo del conocimiento científico.

El uso del dominio de la fuerza del aparato burocrático de la gobernabilidad administrativa, en cualquiera de sus formas, no debe –ni puede- reemplazar el dominio del uso de la razón en los procesos constitutivos de las tareas de investigación. Es necesario crear condiciones de cooperación creciente entre el producto del trabajo de los investigadores para lograr un estado de equilibración ecuánime que busque integrar el diverso conjunto de conocimientos que el desarrollo de las diferentes orientaciones de la teoría social produce permanentemente. Esto último está subordinado y solo es posible en una situación social de cooperación autónoma, basada en la igualdad creciente y en la reciprocidad solidaria de los participantes de la tarea universalista de construir conocimiento. Integrar conocimientos, producto de la diversidad teórica, es una empresa de enorme complejidad. Constituye una moral de la lógica de la acción del investigador, pero para que ello sea una empresa humanamente posible es necesario un ordenamiento social que no solo tenga presente las normas crecientemente universales de la ética científica sino que, simultáneamente, se constituyan las condiciones sociales y materiales que posibiliten el desenvolvimiento de la autonomía del investigador en la creación científica. La pedagogía de los gobernantes de turno, empeñada en una didáctica de la obediencia a la legalidad, se ve incomodada por la obstinada intención crítica en saber no sólo qué ha ocurrido en la sociedad argentina sino también qué se está construyendo actualmente.

Es conveniente tener presente la advertencia y sugerencia que nos hicieran los participantes XXII Congreso de las Asociación Latinoamericana de Sociología, realizada en Concepción-Chile en 1999,

“los científicos sociales no pueden limitarse a la realización de un diagnóstico de sus sociedades, sin conocer y enfrentar las múltiples dimensiones en que se ejerce de manera inhumana y arbitraria el monopolio legal de la violencia en nuestro continente.
Postulamos así la urgencia de colaborar en la construcción de un juicio moral que haga posible la ruptura con las formas de obediencia acrítica a la autoridad, haciendo observable y promoviendo la desobediencia debida a toda orden de inhumanidad.”


Este mensaje es un mandato moral. Nos convoca a enfrentarnos a la moral de la obediencia anticipada a ejercer el castigo. Pero para que ello sea posible es necesario conocer y comprender el proceso que construye la infraestructura de esta moral del exterminio, cuyo ejercicio en nuestro país nos arrebató no menos de treinta mil vidas ilustres.

Este orden social, este en el que vivimos, construye todos los días y durante todas sus horas victimarios potenciales. Con o sin uniformes, eso no es lo sustantivo. Lo sustantivo, para este orden social, es el mandato moral que logra instalar en cada uno de nuestros cuerpos una moral de la obediencia y del castigo. Lo instala mediante un proceso social normativo en muy diferentes escalas de la vida social, de manera constante y lo hace de modo tal que no es evidente para la gran mayoría: normaliza la moral de la obediencia y el castigo como instrumento central de su ordenamiento social.

Es una moral de la obediencia anticipada.

Es, a su vez, una moral del ejercicio del castigo. Esta moral, actúa instantáneamente, no necesita reflexionar, ha sido construida con una sensibilidad de reflejos inmediatos, a obedecer y a castigar. Dos caras de una misma moneda de la normalización del autoritarismo social. Al mismo tiempo que construye la obediencia y normalización del orden social, construye la capacidad de que todos sean gendarmes de ese orden social, con o si uniformes.

Actúa instantáneamente ante todo indicio de resistencia humana a la inhumanidad de nuestro orden social. Es un operador exitoso, cuya historia es más que milenaria, permanentemente actualizada en el desenvolvimiento evolutivo de todas las formaciones sociales que hemos conocido y que aún se fundan en el monopolio del ejercicio de la fuerza material.

Debemos aprender a destruir esa moral.

Debemos conocer sus raíces y sus modos de irradiación en los cuerpos.

Debemos construir una moral de la desobediencia.

Debemos estudiar e investigar de qué manera construir y difundir una moral de la desobediencia. Debemos aprender a desobedecer la moral de la obediencia debida a ejercer el castigo.

Debemos destruir en sus raíces la moral del exterminio.


El futuro de la construcción y difusión docente de un conocimiento crítico en ciencias sociales, enraizado en la desobediencia debida ante lo que de injusto e inhumano expresa el orden social, no nos está garantizado. Depende de la argucia de nuestras armas intelectuales y morales. ¡Usémoslas!

Deseo y espero que logremos avanzar de manera solidaria y con el dominio de la fuerza del uso de la razón –en estos días de reflexión- a una reorganización favorable para el ejercicio de la docencia y de la investigación que sea consistente con la imprescindible solidaridad con los que luchan por un ordenamiento social humanamente justo.





Juan Carlos Marín
Octubre de 2006




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