Brecht y la Verdad

Hector Valle
hectorvalle@adinet.com.uy
Publicado el: 28/08/06


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Brecht, fue quien en la noche misma del siglo XX, allá por 1934 y desde Berlín escribiera estas cinco dificultades para decir la verdad que ahora intento leer junto a usted, tradujo en palabras las condiciones elementales que el tránsito por una vida digna, deben adornar los pasos de la persona humana.


Brecht y la Verdad
Cinco pasos hacia su encuentro

Héctor Valle
hectorvalle@adinet.com.uy

La reforma de la conciencia sólo consiste en hacer
que el mundo cobre conciencia de sí mismo,
en despertarlo de la ensoñación que de sí mismo tiene,
de explicarle sus propias acciones.
Y la finalidad por nosotros perseguida no puede ser,
lo mismo que la crítica de la religión por Feuerbach,
otra que presentar las cuestiones políticas y religiosas
bajo una forma humana consciente de sí misma.
Karl Marx

Introducción
Dijo un poeta alemán, en un momento crítico para la historia del mundo: “El que quiera luchar hoy contra la mentira y la ignorancia y escribir la verdad tendrá que vencer por lo menos cinco dificultades. Tendrá que tener el valor de escribir la verdad aunque se la desfigure por doquier; la inteligencia necesaria para descubrirla; el arte de hacerla manejable como un arma; el discernimiento indispensable para difundirla.”
El valor de ser persona puede encontrarse, por ejemplo, en no pocos textos de pensadores y pensadoras de todos los tiempos. En menor medida, ciertamente, puede hallarse junto con la coherencia en actitud de vida, en ofrenda a la esencia misma de la libertad que hace del hombre un ser humano, como es dable reconocer en la propia persona del dramaturgo y poeta alemán Bertolt Brecht.
Brecht, fue quien en la noche misma del siglo XX, allá por 1934 y desde Berlín escribiera estas cinco dificultades para decir la verdad que ahora intento leer junto a usted, tradujo en palabras las condiciones elementales que el tránsito por una vida digna, deben adornar los pasos de la persona humana.
Por eso, opto aquí por hablar de pasos en lugar de dificultades, sin que por ello tome distancia conceptual del texto, el que por otra parte puede ser consultado en el Boletín del Seminario de Derecho Político de la Universidad de Salamanca (España), de noviembre de 1963, bien como en la página web que abajo detallo .
Entonces, se trata, según creo entender, en atreverse a vivir en libertad, valiéndonos tanto del intelecto como de la sensibilidad para ser persona conjuntamente con la solidaridad que nace en el espíritu de un ser maduro. Madurez que, desde ya, conviene aclarar, no existe para hallarla una edad primera que esté predeterminada sino que deviene del hecho de colocarnos de frente a la vida lo que representa, digámoslo prontamente, mirar de frente al rostro del otro, del diferente, del desconocido. Entiendo por tal, es decir por el otro, tanto al hombre como a la mujer, al ser humano que aunque desconocido en lo previo, tiene para nosotros el sentido mismo de la vida: la responsabilidad para con él, indelegable e insoslayable. En este sentido, vital y trascendente, el hombre es, y se sustancia, en la relación con el otro hombre.
Bertolt Brecht fue, a ciencia cierta, una persona que se atrevió a ser y que estuvo sin matices, sin renuncias, del lado del oprimido, junto a la sensibilidad primera del ser humano.
Fue un hombre con valor.
Pero se preguntarán, con razón, a qué valor me refiero.
Y aquí comenzamos a transitar el sendero trazado por el propio poeta alemán. Tener valor consiste en poder sobrellevar la pesada tarea de ser libres, antes bien de comenzar a serlo desde la desafiante mirada al horizonte vasto y tantas veces enigmático, desde una condición tan precaria como vital cual es la humana. Valor es también la actitud de vida que dice de soportar estar al descampado no pocas veces, en aras de ser merecedores de una escucha atenta a lo que el otro nos dice. Diálogo que se da sin que las palabras necesariamente sean proferidas, alcanzando apenas con la visualización tanto del otro ser como de las condiciones misérrimas en que su vida transcurre, por ejemplo.
¡Cuánto necesitamos hoy de Brecht y cuánto, ¡OH cuánto!, de sus versos y de sus diálogos. Por ello, quizá, sea oportuno visitarlo, desde otro ángulo que igualmente conduce al camino del hombre recto, del ser erguido: el sendero que parte de lo desconocido y que pretende arribar a lo verdadero.
Brecht, conviene decirlo, no escribió en clave dogmática respecto de la verdad sino, y que describió esta misma senda legándonos cinco pasos indispensables para andar de manera apropiada en procura de un norte emparentado con lo mejor de lo humano.
Si nombro a Bertolt Brecht, no crean que dejo de nombrar en mi interioridad a otros que, como él, bregaron por dar pasos, me refiero a la humanidad, a cada hombre y cada mujer singular -pasos que ellos sin duda dieron- en ese mismo sendero de rectitud, de solidaridad y de valor. Son sus nombres, los de mis referentes: Hannah Arendt, Edward Said, Martín Buber, Michel Foucault y Pierre Bourdieu, entre otros.
Habrá quien tenga estos nombres como otros, y está bien que así sea. Yo tengo los míos y gusto de recordarlos porque al hacerlo recuerdo también mi propia ubicación en el sendero: la del discípulo que lejos está de alcanzar los pasos dados por sus maestros pero que tampoco se ha salido del primero, buscando el valor necesario, el arrojo apropiado para continuar en el mismo.
Hoy, sea por esto y por todo aquello que tanto yo como usted, o tú, mejor dicho, guardamos en nuestra interioridad, a resguardo de la indiscreción de los profanos, es que propongo lo recorramos juntos.

I – El valor de escribir la verdad
Dice Brecht: “Para mucha gente es evidente que el escritor deba escribir la verdad; es decir, no debe rechazarla ni ocultarla, ni deformarla. No debe doblegarse ante los poderosos; no debe engañar a los débiles. Pero es difícil resistir a los poderosos y muy provechoso engañar a los débiles. Incurrir es renunciar al salario. Renunciar a la gloria de los poderosos significa frecuentemente renunciar a la gloria en general. Para todo ello se necesita valor.”
Así, con la simpleza de quien sabe lo que dice, Brecht avanza en el sentido de desvelar el conflicto que todo escritor tiene -máxime cuando su verbo pretende estar a la par de lo contingente- de los problemas reales que viven en el hombre y la mujer de a pie, en el tuteo cotidiano con las cuestiones vitales de la vida.
Nuestro maestro, al hablar del valor necesario, se refiere no al valor de la pelea, de la fuerza descontrolada, sino al arrojo indispensable para saberse parar ante la circunstancia y, en el caso del escritor con más razón aun, recordando aquella especial atmósfera berlinesa de los años 30, no dejarse llevar ni por el miedo ni por la obsecuencia, ese otro nombre de la renuncia a ser humano y la aceptación a un estado larvario en el que el interés pequeño, utilitario y mezquino suplanta a la decencia de decir lo que uno siente y razona que debe ser dicho en pro de aquella aproximación a lo verdadero que antes comentara.
Nos habla el poeta alemán, entonces, de la renuncia a la gloria, del despojarnos de esa vana presea o del intento de tenerla, mejor dicho, de llevarla atada a nuestro cuello. Y dice bien. La gloria es hueca si para –o, por- obtenerla abdicamos de nuestra esencia bien como de nuestra conciencia crítica.


PARRHESIA – PARRESIASTÉS
Brecht hace mención, en primer término, a la validez de proferir aquello que debe ser dicho en pro de lo verdadero, al buscarlo y ser, valerosamente, auténticos al atrevernos a tal empresa sin temor ni a la caída y menos aun a perder falsas preseas.
La verdad y lo verdadero, el arrojo y la porfía son lo que el francés Michel Foucault trajera nuevamente a colación en sus celebrados cursos, sobre aquello que los antiguos ya dijeran con sobrada solvencia: la parrhesía, que es la libertad de quien habla y tiene, nos recuerda Foucault, dos enemigos: uno moral, la adulación, y otro técnico, la retórica. Y el parrhesiastés es, como se desprende, aquel que se atreve a la parrhesía.
Adulación y retórica son, pues, los adversarios de quien pretende conducirse por el camino de lo verdadero.

Brecht, seguidamente, nos habla del error. De nuestros propios errores y de advertirlos. Agrega a este nuestro primer paso, indicaciones precisas que guardan relación directa con lo mucho y bueno, bien como removedor y no pocas veces “molesto” para con uno mismo, con nuestra conciencia, cuando opera en nosotros el remordimiento.

Veamos: “También se necesita valor para decir la verdad sobre sí mismo cuando se es un vencido. Muchos perseguidos pierden la facultad de reconocer sus errores, la persecución les parece la injusticia suprema; los verdugos persiguen, luego son malos; las víctimas se consideran perseguidas por su bondad. En realidad esa bondad ha sido vencida. Por consiguiente, era una debilidad débil e impropia, una bondad incierta, pues no es justo pensar que la bondad implica la debilidad, como la lluvia la humedad. Decir que los buenos fueron vencidos no porque eran buenos sino porque eran débiles requiere cierto valor. Escribir la verdad es luchar contra la mentira, pero la verdad no debe ser algo general, elevado y ambiguo, pues son estas las brechas por donde se desliza la mentira. El mentiroso se reconoce por su afición a las generalidades, como el hombre verídico por su vocación a las cosas prácticas, reales, tangibles.”

Esta es la lección inicial de todo hombre, ¿no es parece?

Hablo, recordando a Brecht, de ser ante todo veraces con nosotros mismos. Y para esto se precisa valor, el coraje de poder mirarnos a nosotros mismos frente al espejo de nuestra conciencia y no dar vuelta la cara sino dejarnos estar para advertir, si cabe, que por cierto las más de las veces sí que cabe, es preciso enmendemos nuestros errores, interiores o exteriores, o interiores que luego reflejan actitudes para con los otros, sea pasiva como activamente, desmedidas por diversos motivos.

Por ejemplo yo, el que esto escribe, me he percatado que estaba ingresando en una suerte de ensayismo, otro nombre del profetismo, al no adecuar mis dichos a hechos, a datos, a estudios científicos que establezcan una correlación con el asunto tratado y, ahí sí, dar mi visión de la cuestión junto con opciones de cómo podría ser encarada, según mi leal saber y entender.

Ser reflexivo; pero serlo desde la cabal asunción de una mirada tan vasta como profunda al tema que me convoca. Bourdieu. Pierre Bourdieu, es el nombre del hombre decente que como un verdadero intelectual supo reflexionar desde la sociología, haciendo hincapié en esta cuestión: el autoanálisis. Dice Bourdieu, además: “Yo creo que la forma de reflexividad por la que abogo es distinta y paradojal por ser fundamentalmente antinarcisista.”

O sea, no sólo antinarcisista por permitirse autoanalizarse, luego aplicar en sí mismo la duda razonable, sino que también porque este gran sociólogo francés propugnaba el estudio de las cuestiones cotidianas y comunes pero centrales en la vida de las personas.

Es decir que, comenzando por el suyo, rozaba el ego de muchos que sólo atienden a las supuestas cuestiones de la doxa, olvidándose de lo vital que espera ser atendido. O por lo que muchos, los más, lamentablemente, esperan sea atendido.

Luchaba contra aquellos pobres sujetos que provistos de los lentes negros de un ego desmedido que obnubila, sólo escuchan la música de su voz y ven lo que quieren ver en aras de una presea más para el ídolo de barro que crearon y que ya no saben cómo ni cuándo atender y qué obsequiar.

Son los genuflexos que, en lo que hace a nuestra faena, la de escritores y pensadores, por caso, escapan de lo común y vital por la vía del academicismo o del abroquelarse en un léxico que los diferencie y preserve de los comunes mortales, esto es, de las cuestiones vitales y centrales de la vida digna.

Es claro: nadie, ni yo, pretende relegar el estudio más riguroso de las cuestiones centrales filosóficas, pero nunca tal estudio y su camino, deben hacernos renunciar a la esencialidad de la cuestión que una vida digna de ser vivida reclama sean tratadas en el presente activo de nuestras vidas y de las vidas de los otros. Que de eso se trata cuando hablamos de responsabilidad social. Y que los que tenemos por faena la del pensar, laboremos teniendo ambas premisas en nuestra circunstancia para accionar, responsablemente entonces, a las mismas.

Suelo llamar a tal actitud abarcadora del hombre de ética bipolar. Ética que tiene en su universo de acción, tanto la ética de la convicción cuanto la ética de la responsabilidad. Ambas lejos de oponerse, se complementan, como tanto se complementa en la vida humana. Polos opuestos se me dirá, pues sí, pero comprendidos en un todo que los abarca y condiciona, recíprocamente, a ser no sólo considerados sino puestos a prueba en la acción cotidiana que antes mencionara.

Tal es, históricamente hablando, el sentido mismo de la filosofía latinoamericana. Por ejemplo Leopoldo Zea en México como Arturo Ardao en el Uruguay. El ocuparnos de lo concreto sin que por ello lo trascendente escape a la consideración del académico como del escritor como del periodista. Y digo así, dado que analizamos un texto que el dramaturgo alemán compusiera desde su condición superior de escritor y pensador.

Estamos, por tanto, en el primero de los cinco pasos a dar para afianzarnos en el sendero que conduce a lo verdadero. Lo hemos dado, merced a Brecht, y ahora cabe reflexionar sobre este movimiento reflexivo antes de adentrarnos en el próximo.

Permanezcamos en el camino, así tropecemos -que tropezaremos- qué duda cabe. Hagámoslo, me refiero a permanecer. Con valor; abiertos a la consideración misma de nuestra propia idiosincrasia y en el apego al respeto para con el otro desde la prédica de lo verdadero, munidos de elementos apropiados y verificables, yendo hacia una reflexión honesta que nos aleje de la cosificación del hombre. Distanciarnos, por cierto, de ese hombre en estado larvario que asume como vida la que le presentan y que él, acríticamente, incorpora procediendo a naufragar en el mar de la nada.

Ese pobre sujeto que, despreciando su espíritu y unicidad, vende su ser, su verbo y, en nuestro campo, su pluma, a la camada de parias que buscan profiramos las mentiras que el dogma de la hora imparte pero que ni en la propia sede donde se emiten las directrices, cumplen con su mensaje. El mensaje fue creado y está siendo propalado para abarcar más y más poder y menos, cada vez menos, de lo humano.

Por ello, resistamos a permitir se nos despoje de nuestro espíritu crítico. Hagamos el intento. Ser humanos es hermoso, aunque nos duela, aunque sople el viento y nuestras prendas no sean las mejores ni las más abrigadas. Aunque no tengamos el aplauso de la claque criolla. No ser cipayos, sino hombres y mujeres con sentido, con arraigo a la vez que abiertos al ancho mundo. Y con altura. Erguidos. De cara al otro, con el coraje de mirarle. Hallaremos no pocas veces, en la mirada con que el otro reciba la nuestra, dolor y búsqueda de comprensión frente a nosotros.

Debemos, entonces, permitirnos observar en la noche profunda de nuestra interioridad, con la luz del firmamento de nuestra esencia humana, cuál ha sido y cuál es nuestra propia actitud ante esas realidades que se van despejando al paso de nuestra postura crítica.

Ahora sí, avancemos.

II - La inteligencia necesaria para descubrir la verdad
El dramaturgo alemán nos dice, al intentar dar este segundo paso, que tampoco es fácil la verdad, por lo menos la que es fecunda. “Porque, agrega Brecht, “el haber resuelto nuestra primera dificultad, que nosotros enumeramos como los pasos necesarios para presentarnos ante lo verdadero, da cierta dificultad de conciencia”.
Así se refiere a la tentación de escudarnos en “antiguas supersticiones” como en “axiomas célebres a veces muy bellos” pero que en definitiva, unas como otros, nos separan de una búsqueda honesta y valiente que las más de las veces tiene como precondición el valor de atrevernos a mirar más allá de lo obvio, de lo permitido, de lo que “el sentido común” indica como “oportuno” o “transitable”.
A lo que agrega: “Me permito decir a todos los escritores de esta época confusa y rica en transformaciones que hay que conocer el materialismo dialéctico, la economía y la historia. Tales conocimientos se adquieren en los libros y en la práctica si no falta la necesaria aplicación. Es muy sencillo descubrir fragmentos de verdad, e incluso verdades enteras. El que busca necesita un método, pero se puede encontrar sin método, e incluso sin objeto que buscar. Sin embargo, ciertos procedimientos pueden dificultar la explicación de la verdad: los que la lean serán incapaces de transformar esa verdad en acción. Los escritores que se contentan con acumular pequeños hechos no sirven para hacer manejables las cosas de este mundo. Pues bien, la verdad no tiene otra ambición. Por consiguiente esos escritores no están a la altura de su misión.”
Tan simple como eso y sin embargo, tan difícil para muchos.
El epígrafe que consta en este ensayo forma parte de una importantísima misiva que escribiera en su momento Karl Marx. Más allá de su contenido, lleno de sentido, la intención fue también la de colocar el propio nombre de Marx. Porque viene al caso, en este nuevo paso brechtiano.
Porque debemos empezar por reconocer que demonizando personas y términos como muchas veces sucede y que con la persona y la obra de Karl Marx tenemos un ejemplo acabado. Nada de bueno haremos por proseguir en la senda y mucho sí lograremos en angostar nuestro espíritu, nuestro entendimiento y nuestra propia relación con los otros si, habida cuenta de lo que muchas veces ni siquiera fue razonado por nosotros, la emprendemos contra personas y conceptos, abroquelándonos en supuestas verdades, rechazando así el empleo de la razón sensible, junto con el mejor instrumento que tiene el hombre para prevenir lo dogmático: la duda razonable.
Entiendo por razón sensible, al método idóneo para la obtención de sentido humano en la vida del hombre que, repito, tiene por su instrumento privilegiado a la duda razonable.
Parapetarnos en ideas o en nombres, bien como el ir contra ideas y nombres, porque sí , sin mediar análisis alguno, por el mero hecho de asentir o contradecir supinamente, no nos hará libres, ciertamente, sino que irá privándonos, nos iremos privando, mejor dicho, de nuestra unicidad, pasando a ser un número más en una masa de signo tal o cual, pero masa al fin.
Este paso que en apariencia, quizá por su contenido específico, resulte breve en realidad es enorme y solamente gigantes de espíritu pueden animarse a darlo. La cantidad, en este caso como en muchos otros, no hace a la profundidad siendo pues su relación con ésta, inversamente proporcional.
La grandeza de saber ver en los otros, quizá en el propio Marx, no a un demonio, sino a un gran pensador filosófico que atendió, en lo social, con sus luces como con sus sombras, una búsqueda honesta y profunda de sentido y proyección vital. Y atrevernos a estudiarlo. Que luego encontremos en qué concordar como en qué otra parte quizá discrepar, total o parcialmente, es harina de otro costal. Lo que no puede pretender un hombre que piensa, luego que lo hace desde un pensamiento crítico, es el negarse a hacerlo con libertad, esto es, sin dogmas. Sin muros ni techos, donde parapetarnos o cobijarnos. Debemos preferir siempre el descampado y allí permanecer. Pues lo haremos con la conciencia de un hombre como de una mujer que se sabe, cada quien, precario puesto que precaria es la propia vida humana, limitada y a la vez, dadora de sentido y trascendencia.
Ciertamente que podríamos decir lo mismo de otros pensadores, pero hoy lo digo desde el ejemplo de este pensador, a la vez tan vilipendiado como ignorado por los clérigos ignorantes de un dogma que colapsa. A quien todos ellos buscan tapar y si lo hacen por algo será. ¿Por qué? Pues indaguémoslo. ¿Y cómo? Estudiando al demonizado, que algo hallaremos, por lo pronto el permitirnos leer sin cristales coloreados, salvo por el tono que da nuestra propia búsqueda de conocimiento. Luego, analicémoslo y recién ahí, si cabe, emitamos opinión. Esto, repito, debemos necesariamente hacerlo con todos, pero sin duda alguna con aquellos que desde el poder, se busca opacar.
No colapsemos nosotros, que para leer a Marx no hay que ser marxista. Tan sólo hay que ser humano y permanecer. Luego veremos. Discutamos, dialécticamente, dialógicamente, si me permiten, pero siempre en diálogo no en monólogo. Sí al diálogo pues y un no rotundo al soliloquio de mentes sin conciencia. Apliquemos siempre la duda razonable.
Permitámonos escudriñar en nosotros mismos, en nuestros prejuicios, en nuestras limitaciones de época, de circunstancia, todas ellas y ver en qué medida no estamos prohibiendo que entre a la casa de nuestro espíritu otro aire y otra luz sin que por ello perdamos esencia. Por lo contrario, creo yo, habremos de ganar en identidad y coherencia.
Es como en nuestra interioridad: si negamos la posibilidad de reflexionar, tendremos el soliloquio de un hombre que no se escucha; si optamos por reflexionar y además hacerlo críticamente, tendremos un diálogo interior tan rico como motivador de nuevas y mejores acciones.
A su vez, Brecht nos habla de la importancia del método en la obtención de resultados ciertos cuando vamos en procura de lo verdadero, más allá que lo realmente vital es la voluntad de encontrar, es decir de estar abiertos a las diferentes realidades que se vayan presentando, pero desde la incorporación como sistema de búsqueda de un método todo lo riguroso que nos permita prevenirnos de falsos hallazgos como de vanas ocultaciones y, desde luego, del peor enemigo cuando uno procura lo cierto: nosotros mismos.

El paso a dar es profundo si bien aun nos esperan los tres restantes. Atrevámonos. Es posible.
III – La raíz de la cuestión
En el camino hacia la verdad hay un paso que es crucial y que consiste en el hecho mismo de saber qué realidad y qué verdad son las que estamos buscando.
Dice Brecht: “La verdad debe decirse pensando en sus consecuencias sobre la conducta de los que la reciben. Hay verdades sin consecuencias prácticas. Por ejemplo, esa opinión tan extendida sobre la barbarie: el fascismo sería debido a una oleada de barbarie que se ha abatido sobre varios países, como una plaga natural. Así, al lado y por encima del capitalismo y del socialismo habría nacido una tercera fuerza: el fascismo. Para mí, el fascismo es una fase histérica del capitalismo, y, por consiguiente, algo muy nuevo y muy viejo.”

Es sin duda tentador el ingresar al análisis del ejemplo que Brecht da, pero conviene recordar que es un ejemplo. Importante, sin duda alguna, pero ejemplo.

La raíz de la cuestión, a mi entender, estriba en que para decir una verdad, o aquello que uno presume como verdad, debe tenerse en cuenta tanto los aspectos actuales de la cosa cuanto más su génesis y en esta, no “olvidar” detalles a veces no beneficiosos para la carga que pretendemos darle al asunto tratado. Conocer su circunstancia, haber sabido mirar en derredor de la supuesta verdad para ver si hallamos en algún recoveco, trazos que no sólo la invaliden sino contradigan en su propia esencialidad. No dejarnos atropellar por lo supuesto, por lo aparentemente obvio. Darnos tiempo. Y distancia.

Es decir, texto y contexto, pasado y presente, bien como sujeto que dice y sujeto que la escucha además de los que en una u otra medida, se encuentran comprendidos por la misma. Qué queremos decir y a quién va dirigido y de las implicancias que, para ambos, tendrá la explicitación de la cuestión. Sus consecuencias.

Dice Brecht, en otro pasaje de nuestro tercer paso hacia la verdad, lo siguiente: “Los que ignoran la verdad se expresan de un modo superficial, general e impreciso.” Y es que quizá sea la tarea más ardua aquella que emprendemos cuando de ser veraces se trata.

Porque la cuestión no empieza con la enunciación del asunto sino con el estudio, a cabalidad, del asunto. Y de sus connotaciones. De sus implicancias. Del rigor mismo que apliquemos a nuestro método deductivo, pero antes, de la seriedad con que procuremos los datos que, ingresados a nosotros como información, a posteriori, y reflexión mediante, se traducirán en nuestro conocimiento, aquel desde el cual nos atrevamos a proferir, a exteriorizar nuestro parecer ante otro u otros, sabiendo que con ello estamos desatando el nudo de algo que luego tendrá sus propias derivaciones.

Y desde ahí, a su tiempo y modo, esos actos que nosotros dimos y luego olvidamos al atender la mar de cuestiones cotidianas que vamos generando, tendrán sus propias repercusiones que de un modo u otro, habrán de presentársenos, en variada resultante y en unos tiempos igualmente ajenos ya a nuestro control y conocimiento.

Por ello, creo yo, Brecht exige -y se exige- rigor intelectual. Aquella clase de rigor que no sólo se halla en el modo de búsqueda de información sino en el proceso mismo de reflexión que luego tengamos. Puesto que el rigor se percibe toda vez que abarquemos las diferentes aristas de la cuestión, incluso aquellas que son contrarias a nuestro modo de ver las cosas.

Convengamos en lo siguiente: al hablar de rigor, me refiero también y primeramente, al respeto superior que tanto el otro cuanto la acción misma, propia o ajena, debe despertarnos y a partir de cuya condición de existencia habremos de proceder seguidamente.

Luego, el rigor del que hablo no es la mera propensión a dar un trato acabado a la cuestión motivo de consideración sino, reitero, rigor ético, acorde a los principios que rigen las conductas de los hombres libres cuya única limitante a la libertad es, ciertamente, la propia libertad del otro hombre. Y al hablar del hombre no hago distingo de género alguno sino que me refiero, naturalmente, al ser humano, sea varón o mujer.

Y así, con este talante, con rigor intelectual que es otro nombre para la probidad de una persona en sociedad, en comunidad, en relación responsable con los otros, ir en busca de una verdad, asumiendo implícitamente las consecuencias que tanto la búsqueda como su hallazgo y explicitación, su propia exteriorización, tendrán.

Pero en este paso, dice más el dramaturgo alemán: “El fascismo no es una plaga que tendría su origen en la “naturaleza” del hombre. Por lo demás, es un modo de presentar las catástrofes naturales que restituyen al hombre su dignidad porque se dirigen a su fuerza combativa. El que quiera describir el fascismo y la guerra –grandes desgracias, pero no calamidades “naturales”- debe hablar un lenguaje práctico: mostrar que esas desgracias son un efecto de la lucha de clases; poseedores de medios de producción contra masas obreras. Para presentar verazmente un estado de cosas nefasto, mostrad que tiene causas remediables.”

Y termina afirmando lo siguiente: “Cuando se sabe que la desgracia tiene un remedio, es posible combatirla.”

¿Cuántas veces han pretendido hacernos creer que determinadas cosas, el llamado “mal” por ejemplo, es connatural al hombre?

¿Cuántas veces han intentado pasar por natural lo que es producto del hombre mismo, de su mezquindad, de la ausencia de reflexión moral a la que se llega por vía de renunciar a nuestra propia identidad?

¿Cuántas veces han intentado y hemos intentado mirar para un costado a determinadas “verdades”, esas pruebas lacerantes de la hediondez del hombre pretendidamente racionalista, en realidad de una razón instrumental, que se diosifica, luego dogmatiza, deviene en una razón patológica de igual signo que todo otro fanatismo sea pues religioso o ideológico?

¿Qué ha sido el fascismo –y lamentablemente sigue siéndolo en no pocas partes del mundo, algunas muy cercanas- sino la expresa renuncia de hombres y mujeres a ser libres, a osar ser libres al dar su anuencia, tácita las más de las veces a un líder, a un supremo, con lo que esto conlleva de riesgo y de dolor pero sin cuyo concurso aquel que reina no tendría posibilidad alguna de entronizarse en el poder?

¿Es esto rehuir desde el ejemplo citado por Brecht respecto del fascismo como corolario del capitalismo o es buscar ir más adentro de la condición humana y establecer que el hombre como la mujer que no busca la libertad termina por conculcarla, quebrarla en su raíz?

El hombre libre tiene también su cono de sombra y es ese espacio al que nos negamos llegue la luz por considerar más ventajoso –por menos trabajoso- acallar nuestra conciencia. Es más fácil mirar a un costado y tapar nuestros oídos, que ver las iniquidades y escuchar los gritos de los otros. Hasta que el mal llega también al hombre-que-se-cuida y lo cubre. Y lo oscurece.

Hay que decirlo con claridad: el hombre comienza a perder su libertad cuando renuncia a afirmarla. Y lo hace desde el preciso momento que apoya su razón en la de otro hombre.

Es, entonces, el preciso momento en que cesa su facultad de pensar críticamente en aras de “aceptar” las convenciones sociales, el llamado “sentido común”, el arbitrio de otros, aquellos supuestos superhombres. Ahí ya está el hombre cosificado, vaciado de sustancia, de identidad pues las ha depositado o dado a un líder.

Es cuando aparece, con fuerza, el superhombre, ese pequeño animal de cuyas fauces provienen los gritos y alaridos que la razón da cuando adquiere rasgos patológicos.

Esos superhombres, los iluminados, los “supremos”, los “llamados” a “conducir” a los pueblos, toman para sí la justicia y el modo de dar y dictar justicia. Pero la toman porque los de a pie se la dan, de a uno y en muchedumbre pero se la dan. Y se da cuando hubo un proceso en el que todos fuimos corresponsables en perder el espíritu crítico que debe animar, necesariamente, a una comunidad que haga o pretenda hacer, de la democracia participativa, luego de la responsabilidad social con un marco de principios que les permitan operar desde el básico e insoslayable respeto al otro.

Y la noche del hombre llega al hombre y entonces sí, como dijera Brecht, el destino del hombre es el hombre, la condición animal puede sobre la racional. Lo animal sobre lo racional. Y lo humano comienza a fenecer.

Por eso me cuido de abogar por una razón endiosada. Yo no creo en la diosa Razón, antes bien yo creo en la razón como método, junto con la alta sensibilidad, para que el hombre, para que usted, como yo y aquel, arribemos a un mañana pleno en dignidad y respeto. Hablo, entonces y una vez más de la razón sensible.

Porque si hay algo que recordar, y muchas veces nosotros los varones nos sonrojamos de sólo pensarlo, es que entre la razón, el instrumento, y la sensibilidad, la “repercusión” del buen uso de tal instrumento, se encuentra, en el centro mismo de nuestras vidas, el amor. En sus variadas manifestaciones. Pero sin el amor no hay razón que valga para poder hacer que lo humano prevalezca sobre lo animal, en complementaria armonía, pero esté presente en todos nuestros actos, interiores como exteriores. Puesto que en la pasividad también hay –vaya que si la hay- acción.

Descreo de los dioses, de todos. Y sin embargo, apelo a mi religiosidad, al sentido que lo trascendente tiene para mí y que puedo hallar en el aquí y en el ahora de las acciones comunes de hombres y mujeres comunes.

Qué importante el que podamos asumir, reflexiva, luego críticamente, que a la verdad se llega por la vía de la autenticidad y de la probidad moral e intelectual. Con responsabilidad. Y esto vaya si será tarea difícil y también no exenta de dolor, del dolor que conlleva el propio aprendizaje a ser libre, comenzando por atrevernos a conocernos a nosotros mismos en relación a nuestra actitud para con los otros.

Bertolt Brecht fue un hombre humano que hizo de la razón sensible su método de vida y que, cuando hubo que aplicar el instrumento primero de la misma, la duda razonable, lo hizo y se atuvo a las consecuencias, dando un viraje en el sentido de lo humano, alejándose del supuesto facilismo que da el estar a la vera del poder.

Es por eso que intentamos andar los pasos que él mismo anduvo. En libertad. Con solidaridad y equidad.

IV – Cómo saber a quién confiarla
Estamos apenas a dos pasos de enfrentarnos a la verdad, o quizá sea mejor decir a lo verdadero para que nadie crea uno pretende totalizar la cuestión que atiende a la vasta gama de situaciones alejadas de nuestra común comprensión, en una única verdad, imposible en si misma.
Así, pues, visitamos este cuarto movimiento de la mano del dramaturgo alemán quien, escueta pero intensamente, así se manifiesta: “Un hábito secular, propio del comercio de la cosa escrita, hace que el escritor no se ocupe de la difusión de sus obras. Se figura que su editor, u otro intermediario, las distribuye a todo el mundo. Y se dice: yo hablo, y los que quieren entenderme, me entienden. En la realidad, el escritor habla, y los que pueden pagar, le entienden. Sus palabras jamás llegan a todos, y los que las escuchan no quieren entenderlo todo.”
Para agregar de inmediato que:“Sobre esto se ha dicho ya muchas cosas, pero no las suficientes. Transformar la “acción de escribir a alguien” en “acto de escribir” es algo que me parece grave y nocivo. La verdad no puede ser simplemente escrita; hay que escribirla a alguien. A alguien que sepa utilizarla. Los escritores y los lectores descubren la verdad juntos.”
Vamos viendo algo más que letras, mucho más que palabras concatenadas al estar ante el tramo superior de un mensaje vital.

Atendamos a lo que falta decir: “Para ser revelado, el bien sólo necesita ser bien escuchado, pero la verdad debe ser dicha con astucia y comprendida del mismo modo. Para nosotros, escritores, es importante saber a quién la decimos y quién nos la dice; a los que viven en condiciones intolerables debemos decirles la verdad sobre esas condiciones, y esa verdad debe venirnos de ellos. No nos dirijamos solamente a las gentes de un solo sector: hay otros que evolucionan y se hacen susceptibles de entendernos. Hasta los verdugos son accesibles, con tal que comiencen a temer por sus vidas. Los campesinos de Baviera, que se oponían a todo cambio de régimen, se hicieron permeables a las ideas revolucionarias cuando vieron que sus hijos, al volver de una larga guerra, quedaban reducidos al paro forzoso.”

No satisfecho nuestro pensador con obsequiarnos cada vez más y mejores datos, otorga ahora, otra tonalidad para su mayor y más clara definición:“La verdad tiene un tono. Nuestro deber es encontrarlo. Ordinariamente se adopta un tono suave y dolorido: “yo soy incapaz de hacer daño a una mosca”. Esto tiene la virtud de hundir en la miseria a quien lo escucha. No trataremos como enemigos a quienes emplean este tono, pero no podrán ser nuestros compañeros de lucha. La verdad es de naturaleza guerrera, y no sólo es enemiga de la mentira, sino de los embusteros.”

Decir las cosas por su nombre y decirlas no mientras miramos a la nada sino hacia una persona, es la manera que tienen las personas responsables de afrontar la vida y la libertad.

Cuando habla de buscar un tono, estimo que se refiere indudablemente no sólo a lo modal, a la manera de decirlo, sino a la fuerza que nos anime para hacerlo buscando siempre expresarnos con sinceridad al tiempo que procuramos que aquellos a quienes nos dirigimos sepan interpretar nuestro mensaje en tanto esté desprovisto de adornos o desvíos tan innecesarios como contrarios a la efectiva tarea que nos comprende. Que parte de nosotros en un lenguaje tan claro como profundo y abierto a la comprensión del diferente. Que no sea proferido, pues, desde y para nuestro ego, en un circuito cerrado al cual la otra persona jamás podrá, evidentemente, acceder y menos entender.

Por eso es que, a renglón seguido, Brecht habla del valor o del arrojo que hay que tener para atreverse a ser veraz de forma tal que aquellos a quienes va dirigida la interpreten como es, a pesar que en el camino nos indispongamos con los supuestos custodios del sentido común, de la verdad revelada.

Si nos toca tal situación que la misma sobrevenga no por nuestra prepotencia sino por el hecho mismo de la acción a que tiene el derecho, y el deber, una persona íntegra, de tomar para así, al proceder, desde el respeto, como entiende debe ser, reitero, el proceder responsable de un hombre como de una mujer libre.

Ser veraces, tener el coraje de decir lo que tiene que ser dicho a quienes deben escucharlo, pues el mensaje debe llegar a todos, ser compartido. Se trata de alejarnos del embuste, desentendernos de los reptiles que usualmente medran cerca de los poderosos, buscando servir a la verdad oficial en aras de su propio y mezquino beneficio. Y en mérito de esa supuesta verdad única, silencian, apagan, esconden las verdades de a puño que laceran la vida de los ciudadanos de a pie. Vidas que muchas veces, hasta con cierto desagrado, preferimos no mirar y menos aun considerar como parte de nuestra propia circunstancia vital. Que lo es.

Quien tome por oficio el escribir, como el pensar, y luego lo vierta en palabras escritas y/ o habladas, debe tener altura para hacerlo. Es decir, debe permanecer erguido y no caer en la tentación en la que incurren los mediocres, de agachar el lomo y su espíritu buscando que por la adulación o la retórica puedan servir a los mandamases de turno. Por citar un ejemplo de nuestra época, los comunicadores sociales, los sacerdotes de los telediarios, tele informativos como los de la prensa oral y escrita. Ciertamente los hay decentes y no pocos pero también, convengamos, los hay de éstos. No.

Hay que atreverse a ser persona. Salir de la animalidad, mejor dicho, superarla por vía de sabernos responsables en la correlación de hechos que nuestras respectivas comunidades tienen para sí y expresan desde sí.

Saber escribir o saber hablar no es tener el don de la pluma o de la palabra oralizada, sino, creo yo, tener además del dominio del verbo, el valor primero e indeclinable de ser fieles a nuestros principios. Dije fidelidad y no ceguera ante los mismos, sino que se trata, al menos eso creo yo, de tenerlos con uno para confrontarlos permanentemente ante las situaciones que las vida presenta a nuestro paso. También se trata de saber acallar el soliloquio interior –propio de arlequines y bufones- al permitirnos, hoy sí y mañana también, que nuestra conciencia moral dialogue en la interioridad de nuestro espíritu y que si fallamos, sepamos corregirnos. Pero siempre a cara descubierta y en el descampado. Que el viento golpee nuestro rostro pero nunca nuestra cerviz.

Ser veraces pues, convengamos, es comenzar a ser humanos.

Falta un solo paso para presentarnos ante la verdad. Se trata tanto de darlo como de merecerlo.


V – Difundirla con astucia

Hemos visto el valor, la inteligencia, la confianza y nos resta visitar la astucia para difundir la verdad, tal cual los pasos que diéramos siguiendo al pensador alemán Bertolt Brecht, quien culmina el cuarto paso afirmando que: “La verdad es de naturaleza guerrera, y no sólo es enemiga de la mentira, sino de los embusteros”

A su vez, comienza el quinto indicándonos cómo Confucio cambió sustancialmente la concepción de la historia al incorporar, por un ejemplo que cito a continuación, a la astucia. Y Brecht nos lo dice así: “Confucio alteró el texto de un viejo almanaque popular cambiando algunas palabras: en lugar de escribir el maestro Kun hizo matar al filósofo Wan, escribió: el maestro Kun hizo asesinar al filósofo Wan, reemplazó la palabra muerto por ejecutado, abriendo la vía a una nueva concepción de la historia”.

Cita Brecht a continuación otro ejemplo: cuando en lugar de escribir pueblo se escribe población y tierra por propiedad rural. Con lo que se niega, agrega, a acreditar algunas mentiras, privando a algunas palabras de su magia.

Dice: “La palabra ´pueblo´ implica una unidad fundada en intereses comunes; sólo habría que emplearla en plural, puesto que únicamente existen ´intereses comunes´; entre varios pueblos. La ´población´ de una misma región tiene intereses diversos e incluso antagónicos. Esta verdad no debe ser olvidada. Del mismo modo, el que dice ´la tierra, personificando sus encantos, extasiándose ante su perfume y su colorido, favorece las mentiras de la clase dominante. Al fin y al cabo, ¡qué importa la fecundidad de la tierra, el amor del hombre por ella y su infatigable ardor al trabajarla!: lo que importa es el precio del trigo y el precio del trabajo. El que saca provecho de la tierra no es nunca el que recoge el trigo, y el ´gesto augusto del sembrador no se cotiza en bolsa. El término justo es ´propiedad rural´.

Apela Brecht, con contundencia y claridad, a un efectivo otorgamiento de valor a las palabras. Hace relación al compromiso que adquirimos al dejarlas salir de nuestros labios, a una toma de posición que lleve al ser humano a ser no sólo veraz sino específico. Y con esto, a no generalizar buscando continentar la nada y escapar al compromiso, sino dar de sí una idea clara y contundente de su posición ante la vida. Se refiere a no jugar a lo que hoy llaman de “políticamente correcto” y menos que menos a tildar de consumidores a los ciudadanos o a tratar, que es casi lo mismo, como cosas a los seres de carne y hueso, o incluso a despojarlos de su lugar en la sinfonía humana que todos componemos por acción u omisión.

Brecht apela, repito, a una prédica valiente que tenga por norte al otro, a nuestra, a mí, responsabilidad para con el otro.

Prosigue en su quinto paso hacia la verdad, apuntando que “Cuando reina la opresión, no hablemos de ´disciplina´, sino de ´sumisión´ pues la disciplina excluye la existencia de una clase dominante. Del mismo modo, el vocablo ´dignidad´ vale más que la palabra ´honor´, pues tiene más en cuenta al hombre. Todos sabemos qué clase de gente se precipita para tener la ventaja de defender el ´honor´ de un pueblo, y con qué liberalidad los ricos distribuyen el ´honor´ a los que trabajan para enriquecerlos.”

No deja espacio a la complacencia, ciertamente, al ir en procura de la veracidad de comportamiento, del desapego a lo vano y menor en pro de la dignificación del otro hombre, de la otra mujer, no incurriendo a su vez, y desde las acciones de gobierno, por ejemplo, en acciones supuestamente honorables que terminan colocando al pueblo, ya no a aquella población, en el frente mismo de acciones tan perversas como mortales. Jugar con la gente, jugar a ser una deidad y que el pueblo se diversifique en segmentos sin capacidad de reacción.

Luego de citar a Shakespeare y al propio Swift para ejemplificar aspectos de este quinto paso hacia la verdad, el alemán atiende a un aspecto crucial: “Militar a favor del pensamiento, sea cual fuere la forma que éste adopte, sirve la causa de los oprimidos.”

Magistral, sin vueltas, sin especulaciones. Porque Brecht apela al pensar libre, autónomo, desde uno mismo y hacia el mundo. Hablo del pensamiento crítico.

Prosigue de esta forma: “En efecto, los gobernantes al servicio de los explotadores consideran el pensamiento como algo despreciable. Para ellos lo que es útil para los pobres es pobre. La obsesión que estos últimos tienen por comer, por satisfacer su hambre, es baja. Es bajo menospreciar los honores militares cuando se goza de este favor inestimable: batirse por un país cuando se muere de hambre. Es bajo dudar de un jefe que os conduce a la desgracia.”

“El horror al trabajo que no alimenta al que lo efectúa es asimismo una cosa baja, y baja también la protesta contra la locura que se impone y la indiferencia por una familia que no aporta nada. Se suele tratar a los hambrientos como gentes voraces y sin ideal, de cobardes a los que no tienen confianza en sus opresores, de derrotistas a los que no creen en la fuerza, de vagos a los que pretenden ser pagados por trabajar, etc.”

“ Bajo semejante régimen, pensar es una actividad sospechosa y desacreditada. ¿Dónde ir para aprender a pensar? A todos los lugares donde impera la represión.”

Vergüenza y coraje; determinación y ponderación, son el ropaje del hombre y de la mujer libres. Que a su vez se ven enriquecidos cuando dan lugar al pensar, cuando dejan, cuando permiten –digámoslo aun más fuertemente: cuando se permiten-, acallar el ruido en su interioridad y dar paso al diálogo vivificante con la conciencia, emergiendo así la conciencia moral y, por qué no el propio remordimiento.

Y ¿por qué reitero tanto estas palabras ?

Porque a veces, aunque suene increíble, debe despejarse conceptos tan errados como trágicos: La conciencia no es ni un órgano, ni un adminículo ni tampoco nos viene dada. No. La conciencia, tanto se adquiere cuanto se pierde, si damos paso, seguidamente, a un pensar reflexivo.

Llamo pensar reflexivo a aquel que emprendemos sin una meta fija, al que nos permitimos acceder, en la soledad de un momento que necesariamente debe darse con la mayor asiduidad. Está también, claro está, el otro pensar, necesario también pero diferente en calidad: hablo del pensar calculador.

Ese otro pensar, indispensable también, al que accedemos para solucionar una situación equis, para promover una acción; es decir, aquel que tiene meta y objeto. Ambos son indispensables, pero el pensar reflexivo es ineludible para el individuo que además pretende ser persona humana. Y ahí es que la conciencia, no sólo la psicológica sino también la moral, la que entra en diálogo con los principios que vertebran nuestra acción, cobra vida e ilumina más y mejor nuestro sendero.

Digo entonces que un sujeto que se cuestiona y busca construir en su interior y de cara a los otros, un templo donde las columnas que lo sostengan sean las del amor, la hondura del pensar, el valor para proferirlo y la determinación para realizarlo en acciones solidarias y responsables con sus semejantes, estará claramente en el sendero dando los pasos adecuados en pos de lo humano.

Prosigue Brecht con este texto apasionante, ingresando, a propósito de la guerra, en este otro aspecto crucial de los acontecimientos del hombre. Dice: “Si en nuestra época es posible que un sistema de opresión permita a una minoría explotar a la mayoría, la razón reside en una cierta complicidad de la población, complicidad que se extiende a todos los dominios. Una complicidad análoga pero orientada en sentido contrario, puede arruinar el sistema. (...) Así, los pioneros de la verdad pueden encontrar terrenos de investigación relativamente poco vigilados. Lo importante es enseñar el buen método, que exige se interrogue a toda cosa a propósito de sus caracteres transitorios y variables.” Permitirnos ver más allá de lo que comúnmente uno piensa debe ser visto. Saber ver, es decir, ver críticamente, escuchando, ahondando, sopesando las variadas informaciones no tanto que nos dan sino aquellas a las que nosotros mismos accedemos por nuestra propia búsqueda. Búsqueda esta que debe ser tan tenaz como despejada de preconceptos. Consiste en atrevernos a indagar tan extensa como profundamente deba ser encarada la investigación, sobre las cuestiones vitales para la forja de una vida digna junto a los otros.

Dice, también: “Subrayar el carácter transitorio de las cosas equivale a ayudar a los oprimidos. No olvidemos jamás recordar al vencedor que toda situación contiene una contradicción susceptible de tomar vastas proporciones. Semejante método - la dialéctica, ciencia del movimiento de las cosas- puede ser aplicado al examen de materias como la Biología y la Química, que escapan al control de los poderosos, pero nada impide que se aplique al estudio de la familia; no se corre el riesgo de suscitar la atención.”

Porque si practicamos en todo momento la duda razonable, también debemos considerar lo transitorio, relegando aquello que se nos da como permanente. Justamente, como verdad revelada y por ende, a la que no debiéramos siquiera atrevernos a cuestionar. Pues a esa misma es a la que debemos cuestionar.

Hacerlo no tozuda sino críticamente, más aun: dialécticamente. Con información, e indudablemente con análisis y en diálogo, pero por sobre todo en escucha atenta al otro. Debemos despojarnos de nuestras certezas, de su seguridad y permitir que el otro pueda proferir su mensaje, mientras nosotros acallamos los ruidos de nuestra interioridad para que podamos percibir, al escucharlos, como dijera el humanista Elías Canetti, los latidos del otro hombre. Y ahí sí, recibido el mensaje, sopesarlo, y ofrecer nuestra propia y libre versión sobre el mismo o a partir del mismo junto con los otros datos recabados.

Termina Brecht con estas palabras: “Cada cosa depende de una infinidad de otras que cambian sin cesar; esta verdad es peligrosa para las dictaduras. Pues bien, hay miles de maneras de utilizarlas en las mismas narices de la policía.”

Y añade: “Los gobernantes que conducen a los hombres a la miseria quieren evitar a todo precio que, en la miseria, se piense en el Gobierno. De ahí que hablen de Destino. Es al Destino, y no al Gobierno, al que atribuyen la responsabilidad de las deficiencias del régimen. Y si alguien pretende llegar a las causas de estas insuficiencias, se le detiene antes de que llegue al Gobierno.”

A modo de conclusión

Brecht y nuestra conciencia nos preparan para este momento. El momento en que debemos enfrentarnos a los clérigos del destino manifiesto, de la verdad revelada, sea del tenor que fuere. El camino ya sabemos cómo recorrerlo. Falta, qué duda cabe, el hacerlo. El ponerse en marcha.

Si bien estas líneas fueron escritas en una época de la historia particularmente álgida por lo que instauraba, cuánto y cómo podemos valernos de su prédica para alertarnos respecto del presente en todo lugar. Sólo que hoy se trata tanto del totalitarismo mediático como del dogma neoliberal, para citar dos ejemplos.

Adjudicar responsabilidades al “destino”, rehuyendo la nuestra. Nosotros mismos tenemos nuestra cuota parte de responsabilidad en los hechos que tienen cita en la comarca como en el mundo; advirtámoslo. No endilguemos, exclusivamente, responsabilidades a otros, sean personas, países o grupos de países, si antes, siquiera, no admitimos la nuestra, en su grado y proyección pero ciertamente responsabilidad al fin.

Lo vital es no caer en lugares comunes, no apagar las luces del pensamiento libre, no impedirnos el intentar ser libres, por más doloroso que sea, que lo es y cuánto. Compromiso y sentido. Valor y trascendencia. Así es como la persona humana permanecerá y prosperará junto con su comunidad.

Se trasciende con la acción, así luego, como sucederá por imperio de nuestra precariedad de vida, partamos definitivamente.

Viven siempre los que tienen un lugar en nuestra memoria y en nuestro corazón. Morir mueren los reptiles, los abyectos, los que borran o pretender borrar, sin resultados para quien los ve en su mendicidad, las líneas, los rasgos de su rostro.

Brecht fue un hombre superior. Toda su obra giró en torno a dar al otro las armas para ser libre con dignidad y en solidaridad con los otros.

La verdad se muestra esquiva, pero en su búsqueda, de la mano de Brecht, vamos alcanzando las herramientas para ser dignos merecedores de la misma. Si es que la hay en una exclusiva versión.

¿O habrá varias? Lo veremos, pero lo importante, creo yo, es estar en el camino, con acción de vida, desde el arrojo a ser libres junto con los otros. Repitámoslo para aquellos que creen que la vida pasa por su sola existencia: el hombre es un ser en relación con otro hombre. Es el principio dialógico que guía la vida de hombres y mujeres que creen, y quieren, ser personas.

Que sea Bertolt Brecht, desde su poema Contra la seducción quien despida estas reflexiones:

No os dejéis seducir:
no hay retorno alguno.
El día está a las puertas,
hay ya viento nocturno:
no vendrá otra mañana.

No os dejéis engañar
con que la vida es poco.
Bebedla a grandes tragos
porque no os bastará
cuando hayáis de perderla.

No os dejéis consolar.
Vuestro tiempo no es mucho.
El lodo, a los podridos.
La vida es lo más grande:
perderla es perder todo.


Permanezcamos en el camino y si podemos: ¡atrevámonos!

¡Siquiera demos el primer paso!

Y mantengámonos hasta dar el otro, hasta llegar adonde debemos: hasta el rostro del otro ser humano, que nos aguarda.

¡Que nos precisa!


Héctor Valle
hectorvalle@adinet.com.uy

Montevideo, agosto de 2006




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